Utambi Shinbun

Artículo de opinión
Publicado el
Archivo General de Utambi

Advertencia: este artículo está intencionalmente exagerado y fue escrito con un tono humorístico. Mi enojo es fingido y tiene el único propósito de hacer reír. No tome mis palabras en serio.

¡Feliz Día Internacional del Pecado!
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Confieso, sin pudor y con una sonrisa irónica, que pocas cosas en este mundo me han seducido tanto como los postres. No es el pecado el que me atormenta, sino la hipocresía de quienes lo condenan con la boca llena de glaseado.

Con motivo del Día Mundial de la Repostería, me veo compelido a defender un hedonismo que ha sido vilipendiado por las almas severas que ven en una torta de chocolate una amenaza moral.


La repostería, esa alquimia delicada que transforma los ingredientes más humildes en delicias celestiales, posee una cualidad profundamente humana: consolar. Un pastel no es solamente un postre, es un acto de ternura. Un bizcocho compartido entre risas familiares, una bandeja de magdalenas horneadas por amor, un tiramisú degustado en silencio melancólico, son testimonio de que el alma también se alimenta.

Desde las más opulentas bodas hasta las más humildes meriendas de infancia, los dulces se han ganado un lugar en las memorias que realmente importan. Alrededor de una mesa azucarada se estrechan vínculos, se cuentan historias y se transmiten afectos. En ese contexto, la repostería se eleva por encima de lo meramente culinario y se convierte en un lenguaje universal.

¿Y por qué llamarlo pecado?

Ah, la ironía. En estos tiempos de excesos vigilados y placeres culpables, he notado con deleite cómo algunos, al ver una rebanada de pastel de chocolate, se persignan con más horror que ante una blasfemia. Dicen que es un pecado imperdonable, pero yo, naturalmente, disiento. Si el médico no ha emitido edictos restrictivos, resulta lógico rendirse, al menos de vez en cuando, a esa oscura tentación que es el chocolate fundido.

La repostería no exige penitencia. Al contrario, recompensa. Celebro, pues, este día como un homenaje a la dulzura que el mundo se niega a ofrecernos gratuitamente.

El pastel de chocolate: un himno a la alegría

Pocas creaciones humanas son tan universales como el pastel de chocolate. Su aroma embriaga, su textura conforta, su sabor profundo despierta recuerdos dormidos. Este postre es más que una delicia: es una evocación. La mezcla justa entre lo dulce y lo amargo, herencia del noble cacao, permite que cada bocado sea una experiencia estética y emocional.

Desde las versiones más sobrias hasta las más opulentas, el pastel de chocolate ha sido embajador de celebraciones, símbolo de cariño y, por supuesto, instrumento de placer. Su éxito global no es casualidad, sino consecuencia de una alquimia precisa entre sabor y emoción.

Tiramisú: un susurro italiano al alma

Originario del norte de Italia, el tiramisú no conquista con estridencia, sino con sutileza. Sus capas de bizcocho embebido en café, su crema etérea de mascarpone, su delicado manto de cacao: todo en él está pensado para provocar una emoción interna. Es un postre que no grita, susurra. Y en ese susurro está su fuerza.

Se adapta con gracia a cualquier ocasión, desde banquetes hasta encuentros casuales. Ligero en apariencia, pero profundo en sabor, el tiramisú no pide atención, la merece. Ha cruzado continentes no como invasor, sino como invitado bienvenido.

Cupcakes y sus parientes: la estética del deseo

En este moderno catálogo de dulces, los cupcakes (magdalenas, muffins o madeleines) ocupan un lugar singular. No son sólo postres, sino lienzos comestibles. El cupcake, en particular, ha sido elevado a objeto de culto: individual, adornado, perfecto para ser deseado antes de ser probado.

El secreto de su éxito radica en su presentación, pero también en su promesa: un placer pequeño, personal, sin necesidad de excusas. Ha sabido adaptarse a los tiempos, mezclando tradición con modernidad, hasta convertirse en emblema de una repostería que no se disculpa por ser hermosa.

Opinión del columnista

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No hay pecado en entregarse a un postre si en ese acto se honra la vida. En un mundo que castiga el goce y premia la abstinencia, levantar la cuchara puede ser un acto de sana rebeldía.